LA GACETA SIDERAL
Boletín No Oficial de Ciencia y Administración Pública
ADMINISTRACIÓN PÚBLICA, ¿Ecosistema de la innovación o ecosistema del miedo?


“En la era de la obsesión por reducir la deuda pública y achicar el tamaño del Estado, resulta fundamental derribar el mito de que el sector público es menos innovador que el privado. Si no lo hacemos, se debilitará la capacidad del Estado para seguir desempeñando su crucial papel innovador"

Ésta podría ser la conclusión principal del libro “El Estado Emprendedor”, de la economista británica Mariana Mazzucato, que ha publicado recientemente en castellano la editorial RBA. Una rápida visión del contenido del libro y, en general, de los trabajos de esta economista, puede seguirse en un reciente TED-Talk de Mazzucato, que enlazo a continuación y que recomiendo visitar:



La intervención está en inglés, por lo que también os puede ser útil una reseña de la misma en castellano que también enlazo a continuación:  www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/mm.pdf




Del esfuerzo recopilador y analítico de esta investigadora, puede salir tocada alguna imagen icónica sobre la innovación de nuestro tiempo, como la de unos jóvenes que, marcados por su pasión por la tecnología y por una capacidad de iniciativa “revolucionaria”, son capaces de dar a luz, en los telares de un garaje, un sistema de almacenamiento y transmisión de información que cambiará la historia. Y no sólo queda cuestionada la “mística del garaje”, sino también la visión interesada de una Administración mostrenca y burocratizada, consumidora insaciable de unos recursos que, de otra forma, irían a un sector empresarial creativo, que dinamizaría la economía y generaría riqueza.

Y es que, según Mazzucato, la realidad estaría bastante alejada de esos estereotipos, resultando que el gran motor de la innovación de las últimas décadas ha sido la Administración pública de los Estados Unidos. De ella, de su capacidad para abordar proyectos que requerían altas inversiones y que no tenían garantizada una rentabilidad o unos retornos económicos, han surgido innovaciones como internet, el GPS, el 75% de las nuevas moléculas con acción farmacológica, la secuenciación del ADN, o el proyecto actualmente en curso de mapado del cerebro. Y a partir de aquí, lo que cuestiona Mazzucato, contrariando el prejuicio dominante, es la forma en que se ha transferido todo ese caudal de innovación hacia el sector privado, abriéndole ingentes posibilidades de negocio que no se han acompañado de unos retornos comparables hacia la Administración pública que los hizo posibles.

Los más interesados en las teorías económicas, sitúan el trabajo de Mazzucato a caballo entre las propuestas de Schumpeter sobre el papel de la innovación en los ciclos económicos y la visión keynesiana sobre el rol de la inversión pública en la generación de actividad económica.

De Schumpeter, siempre me ha atraído su utilización de ejemplos tomados de los ecosistemas, como el siguiente: en el flujo laminar y estable de una corriente de agua, aparece, de forma repentina e inesperada, un pequeño remolino, muy localizado, que, sin embargo, es suficiente para cambiar todos los equilibrios existentes y generar un nuevo curso y un nuevo cauce. Lo mismo ocurriría con la innovación, capaz de provocar saltos cualitativos en el sistema productivo. Y esa innovación sería fruto de las actividades "desestabilizadoras" de los emprendedores, bien mediante la introducción de nuevas mercancías, bien mediante el diseño de nuevas formas de producción. Mazzucato no cuestiona ese papel esencial de la innovación en el desarrollo del capitalismo, pero introduce un giro keynesiano, al mostrar que el “espíritu emprendedor” capaz de mover la economía no ha provenido, mayoritariamente, de heroicos emprendedores privados, sino de la decisiva apuesta por la innovación de la Administración pública, especialmente de la Administración pública de los Estados Unidos.

Siguiendo con el símil ecológico, podemos pensar en la “sucesión” en los ecosistemas: el proceso en el que partiendo de organizaciones sencillas y de escasa eficiencia, se consigue llegar, con el paso del tiempo, hasta un “clímax” de mayor complejidad y con una elevada eficiencia en la utilización de los recursos energéticos disponibles. Esta sucesión es, efectivamente, un proceso con grandes discontinuidades, en el que se producen saltos puntuales, como resultado de la acción de agentes externos, o derivados de cambios en los equilibrios internos. Pero lo importante es que estos cambios, que podemos considerar como fruto del azar, sólo van a prosperar si suponen una ventaja adaptativa para el ecosistema. Recordando a Monod, diríamos que tan importante como el azar es la necesidad. Es decir, de nada sirven las mejores innovaciones puntuales si el medio en que éstas se producen las ignora o rechaza. Y al revés, en un ecosistema que selecciona y favorece la innovación, ésta va a contar con mayores posibilidades de producirse.

Así, ésta vendría a ser la gran diferencia entre Estados Unidos y Europa: mientras que la Administración de los EEUU ha sido –y sigue siéndolo- una Administración hambrienta de innovación, las Administraciones europeas habrían caído en las características con que Schumpeter describe a las corporaciones que lastran el progreso económico: rutinarias, jerárquicas, y más preocupadas por el control que por nuevas exploraciones que puedan resultar rupturistas.

Peor aún, como lo más opuesto a un ecosistema innovador aparece, en muchas organizaciones, un ecosistema regido por el miedo. No un miedo neurótico, basado en percepciones psicológicas alteradas, sino un miedo real, basado en la observación de la “selección natural” que se produce en el entorno. De hecho, no deberíamos olvidar lo que señalan algunos sociólogos respecto a que algunas técnicas “modernas” de gestión, tales como la dirección por objetivos o la dirección por resultados, tienen un denominador común: la dirección por el miedo.

En el ámbito privado, la naturaleza de ese miedo no necesita de mayor comentario, es el miedo a perder el puesto de trabajo. En el ámbito de las Administraciones públicas no es exactamente así, pero basta con observar el terreno y con hablar con funcionarios de distintas Administraciones para comprobar hasta qué punto Hobbes se ha convertido en referente para explicar el funcionamiento interno de muchas Administraciones españolas; especialmente, de las Administraciones locales y de las de entidades públicas vinculadas a ayuntamientos o a comunidades autónomas.

Así, cuando tras alguna reunión de trabajo o seminario profesional, he suscitado informalmente el tema de realizar propuestas innovadoras, la respuesta, en confianza, no ha podido ser más desalentadora: no se trata sólo de que “a la superioridad” le iba a importar un nabo el contenido de cualquier propuesta innovadora, sino que, más bien, iba a poner el foco en cualquier cuestión que pudiera marcar a quien hiciese cualquier sugerencia. Y ya se sabe que tener que cargar con una estrella amarilla (o roja, o morada), especialmente en entornos pequeños, es, como la nicotina, un grave riesgo para la salud (física y administrativa).

Efectivamente, el miedo lleva a la parálisis y a que empleados públicos que podrían realizar aportaciones interesantes y contribuir así a la creación de un clima favorable a la creatividad, opten, sin embargo, como las cebras del Kalahari, por confundirse con el fondo del paisaje y traten de pasar desapercibidos. Mimetismo se llama, y puede ser un recurso útil para la supervivencia individual, pero es garantía de pérdida de biodiversidad, empobrecimiento, involución y desaparición final de los ecosistemas en que es predominante (creo que esto vale también para los “ecosistemas administrativos”).

Al hilo de la actualidad, mucho se está escribiendo sobre la relación entre corrupción y desprofesionalización de los empleados públicos, especialmente en las Administraciones locales (el más reciente, el artículo de Antonio Muñoz Molina en El País, “La corrupción y el mérito”). Creo que es necesario ir un poco más allá y tratar de indagar en las causas por las que esto se ha ido produciendo así. Si se trata de un pecado original de nuestras Administraciones públicas que ninguna ola regeneradora ha conseguido erradicar, o si realmente se ha producido una involución en las últimas décadas. Me temo que también para valorar esta cuestión, el termómetro más adecuado, la vara de medir más útil, va a ser la que mide la escala del miedo.

Las ilusiones transformadoras de la época de la transición naufragaron sin paliativos en la configuración de la función pública de las nuevas Administraciones públicas, tanto en lo relativo al acceso como a la carrera profesional. La secuencia de acontecimientos es de sobras conocida: amigos y afines que se contrataban como interinos y que posteriormente se funcionarizaban con todas las facilidades, pérdida de independencia de los Cuerpos Nacionales de la Administración Local (secretarios e interventores), empleados que recién llegados a una Administración pasaban a ocupar rápidamente puestos directivos por ser “de confianza”, y, al mismo tiempo, funcionarios que tras varias décadas de servicios volvían al punto de salida, en el escalafón y en la nómina, por cuestiones que nada tenían que ver con su desempeño profesional… ¿Politización de las Administraciones? Sin duda. Pero también mucho miedo. Miedo y parálisis, porque ante todos esos síntomas patológicos de fácil diagnóstico, la respuesta habitual de sindicatos, asociaciones, y personalidades destacadas a las que no se les cae de la boca la palabra “profesionalidad”, ha sido, más bien, la propia de las cebras del Kalahari.

Los que trabajamos para la Administración General del Estado, acostumbramos a decir, no sé si como consuelo o como psicoterapia, que estas cosas no pasan en la AGE. No sé lo lejos que queda el Kalahari del Paseo de la Castellana, seguramente mucho, y seguro que queda lejos también de otras muchas Administraciones Públicas, pero, como recuerdo que se decía en el Catecismo del Padre Astete (aunque mi generación es más bien del Catecismo Holandés), se puede pecar por acción o por omisión. Y ha habido mucha omisión. Toca ahora, por tanto, examen de conciencia y mucho proósito de enmienda. La transformación de nuestras Administraciones en ecosistemas de innovación es un reto fundamental en la encrucijada en que nos encontramos.

La transmisión de información entre ecosistemas vecinos es continua y permanente. Por eso, como en el remolino al que se refería Schumpeter, la instauración de un clima de innovación y creatividad en la Administración del Estado terminará “contagiando” all ecosistema mayor constituido por todas las Administraciones Públicas que se asientan sobre nuestra pell de brau. Es necesario, por tanto, echar a Hobbes por la ventana y abrir la puerta a Spinozza y a su visión de la creatividad como una necesidad ética. Hay que leer a Mazuccato y olvidarse del Kalahari y de sus tristes cebras.

Y en ese camino, es bueno también relajarse y disfrutar: un trabajo recientemente publicado por investigadores del Centro de Investigaciones Biomédicas de Bellvitge confirma que cuando entramos en contacto con nuevas ideas se activan en el cerebro las mismas zonas del placer que se activan con el sexo; así que me permito invitaros a una orgía con esta excelente colección de TED-talks sobre el origen de las ideas. Disfrutarla:  www.ted.com/playlists/20/where_do_ideas_come_from

 


 

 

 

 


 

 

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