LA GACETA SIDERAL
Boletín No Oficial de Ciencia y Administración Pública
CIENCIA Y ADMINISTRACIÓN PÚBLICA: HISTORIA Y PRESENTE (¿Horror vacui?)


 

Science and Public Administration, past and present

Civil service: horror vacui?



Anaxágoras y la Primera Negación del Vacío

Anaxágoras (500-428 a.C) dijo que el sol era mucho más grande que toda la región del Ática, y los atenienses pensaron que exageraba. Después, dijo que en realidad el sol no era un dios, sino una gran roca incandescente suspendida en el cielo, y entonces los atenienses ya se enfadaron mucho, pensaron que se había excedido más allá de lo admisible y quisieron matarle por impiedad.

Anaxágoras había llevado a Atenas las primeras semillas del pensamiento científico que había florecido en Jonia[1] varias décadas atrás. Un pensamiento que consideraba que la explicación del mundo tenía que hacerse a partir de la observación y el estudio de los fenómenos de la naturaleza, buscando sus correlaciones y negando cualquier papel en los fenómenos de la naturaleza a la voluntad o el capricho de los dioses antropomorfos de las creencias tradicionales.

Anaxágoras se interesó tanto por la física como por la biología. Estudió cuestiones tan distintas como los eclipses, los meteoritos, la anatomía del cerebro o la fisiología de los peces. Fundó una escuela, anterior y en alguna medida precursora de la Academia platónica, a la que habrían acudido personajes esenciales en el despuntar de Atenas, como Sócrates, Eurípides, o Pericles.

Aunque de familia acomodada, había renunciado de joven a todos sus bienes, para dedicarse por completo al estudio de la naturaleza. De hecho, su escuela, que permaneció abierta durante 30 años, era sostenida con fondos de la propia ciudad de Atenas. Pero, finalmente, su enfrentamiento con las concepciones animistas dominantes llevaría al cierre de la escuela y a su propio encarcelamiento. Sólo la protección personal que le ofreció Pericles impidió que fuera ejecutado, permitiéndosele abandonar Atenas y refugiarse en la ciudad de Lámpsaco.

En la peripecia personal de Anaxágoras muchos han visto al primer “mártir” de la ciencia. Además, en Anaxágoras se plantearon también, anticipadamente, otras cuestiones centrales en el desarrollo de la estructura de la sociedad, como son las de la respuesta del intelectual ante las ideas dominantes y, en lo que aquí más nos interesa, las relativas a la actitud del empleado público ante el poder político, un poder que fija su sueldo y determina con sus decisiones sus posibilidades de desarrollo profesional.

Junto a todo ello, Anaxágoras se planteó otra de las cuestiones que más han marcado a la ciencia y al pensamiento occidentales hasta nuestros días: la de la existencia o inexistencia del vacío. La discusión sobre la naturaleza del vacío, sobre su existencia o inexistencia, puede considerarse como uno de los grandes indicadores sobre la forma en que una sociedad entiende el mundo y sobre la forma en que se organiza. Así, cuando observemos que en una cultura y período histórico se produce un cambio en su concepción del vacío, podremos observar cómo, simultáneamente, habrá cambios en su cosmovisión del mundo físico y en los grandes principios sobre los que fundamenta su organización política. En este artículo quiero desarrollar, precisamente, algunos aspectos de esa correlación, de esa coincidencia entre cambios históricos en la concepción del vacío y cambios en la percepción social del papel y funciones de los servidores públicos.

En el caso de Anaxágoras, hay que decir que, en contra de la cosmovisión a la sazón dominante, negó la existencia del vacío. Una negación que resultaba revolucionaria, pues la visión del mundo de la Grecia arcaica estaba llena de vacíos insondables, que separaban el mundo de los hombres del mundo de los dioses, la tierra del resto del universo y los días de la vida del tiempo de los avernos… Y en éstas, llegó Anaxágoras, estudió, analizó, contrastó y, finalmente, igual que se había atrevido a decir que el sol no era un dios, se atrevió a disentir de la creencia general y a decir que no, que no existía el vacío.[2]

Esta negación de la existencia del vacío, que chocaría también con otras visiones de alguno de sus coetáneos, como la del “atomista” Demócrito[3], terminaría imponiéndose. Aunque, ha de señalarse que si se impuso no fue porque la propusiera el irreverente Anaxágoras, sino porque fue la teoría defendida tanto por Platón como por Aristóteles, que sostuvieron el “horror vacui” de la naturaleza ante el vacío[4].

 
Triunfo del Vacío y Triunfo del Estado liberal

La pugna que ya se definió en la Grecia clásica entre “vacío” y “no vacío”[5] es uno de los muchos dualismos que se definieron en aquella época y que han marcado posteriormente el paso de la historia del pensamiento: materialismo vs idealismo, determinismo frente a indeterminismo, continuidad o discontinuidad del mundo físico (cuestión estrechamente relacionada con la de la existencia del vacío), geocentrismo o posición vulgar de la tierra en el cosmos, validez o invalidez del denominado “principio antrópico”[6], posibilidad o imposibilidad de generación espontánea de seres vivos, oligarquía o democracia como mejor forma de gobierno, y cargos públicos ejercidos por profesionales o designados por turnos entre los ciudadanos más capacitados; por citar sólo alguno de los más relevantes.

El debate sobre estas contraposiciones se mantuvo muy vivo durante el período helenístico, en el que se desarrolló especialmente la experimentación y la aplicación práctica de los conocimientos científicos (tal fue el caso de Arquímedes o de Herón de Alejandría, a quien se atribuye el diseño de una máquina de vapor)[7]. También podemos seguir el rastro de estos debates en los primeros siglos del predominio de Roma, al menos hasta el final de la dinastía de los Antoninos, en “aquella época, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, en la que sólo estuvo el hombre”, como dejó escrito Marguerite Yourcenar[8]. Un tiempo en que, como diría Lucrecio[9], “feliz es el hombre que puede conocer la causa de las cosas”.

Pero la discusión y la experimentación fueron cediendo paso a los criterios de autoridad y a la ortodoxia religiosa. Tanto musulmanes como cristianos vieron que la lógica y el modelo físico de Aristóteles (con su “motor inmóvil” como causa primera) se adaptaba bien a su credo religioso y, apelando a su autoridad, impusieron la concepción aristotélica del mundo. Una concepción que incluía el “horror vacui”. De esta forma, la negación de la existencia del vacío pasaría a ser una concepción indiscutida durante siglos, en un orden social donde cualquier atisbo de revisión crítica resultaba inviable.

Pero la edad media acabaría siendo desplazada por una nueva realidad geográfica, demográfica y productiva. Y con el renacimiento social aparecería también un nuevo “paradigma científico”, utilizando la terminología clásica de Thomas Kuhn[10]; es decir, una revolución en la forma de entender el funcionamiento del mundo.

Y en esa revolución que se iniciaría, precisamente, con “De revolutionibus orbium coelestium” (Sobre el movimiento de las esferas celestes, de Nicolás Copérnico, 1543), se irían contraponiendo las observaciones y mediciones de científicos como Galileo, a la autoridad inmutable de Aristóteles y de los teólogos. El resultado es bien conocido: la medición se impuso, implacable, en todas las ocasiones. Los datos registrados y la evidencia contrastable resultaban ser mucho más acertados que las interpretaciones basadas en la autoridad histórica de sus autores.

El cambio definitivo del paradigma científico que se había iniciado con Copérnico llegaría a su culminación con Isaac Newton, que encajaría todas las mediciones de los que le habían precedido y descifraría las leyes mecánicas que rigen los movimientos de los cuerpos celestes en la recién estrenada cartografía del mundo físico. El funcionamiento del mundo tenía que escribirse con ecuaciones matemáticas precisas, que daban forma a las leyes del movimiento (“Philosophiae Naturalis Principia Mathematica”, Isaac Newton, 1687), y mediante la acción de la fuerza de la gravedad, igualmente expuesta por Newton.

El triunfo de la recogida sistemática de datos y del método analítico en la interpretación del mundo físico se proyectó, entonces, sobre todos los ámbitos del pensamiento y de la sociedad. Si se había cambiado el centro del mundo, desplazando a la tierra de tan privilegiada ubicación, nada resultaba ya inamovible. Ni, el miedo al vacío, ni la propia estructura política de la sociedad tampoco podían ya estar seguros de no ser alcanzados por el ascenso triunfante de la nueva metodología científica.

Así, la creencia generalizada antes de Newton en la inexistencia del vacío, por el supuesto horror que sentiría la materia por “la no materia” se vio totalmente trastocada: de un mundo compacto, relleno, sin zonas que no estuvieran ocupadas por alguna forma más o menos sutil de materia, se pasó a un mundo que estaba fundamentalmente vacío, con unos cuerpos celestes suspendidos en un espacio vacío y interaccionaban entre sí a distancia por la acción de la fuerza de la gravedad[11].

Y no sólo eso, más tarde se admitiría la existencia del vacío no sólo en el espacio exterior, sino también en el propio interior de cuerpos y objetos, al triunfar la teoría atómica de la composición de la materia[12]. De negarse su existencia, se pasó a considerar al vacío como el elemento abrumadoramente dominante en la naturaleza.

El nuevo paradigma científico, con su mecánica gravitatoria y su reconocimiento de la existencia del vacío, se proyectó entonces sobre todas las formas del pensamiento, abriendo el camino de la Ilustración. Quiero llamar la atención, ahora, sobre el hecho de que cuando se habla de la Ilustración, se acostumbra a destacar la influencia determinante de Newton sobre alguno de sus personajes más destacados, como Voltaire o Kant. Sin embargo, suele pasar más desapercibida otra influencia decisiva de Newton: la que ejerció sobre John Locke[13].

Locke es considerado un precursor del liberalismo político y de la división de poderes. Fue contemporáneo y amigo de Newton, y estuvo muy influido por la obra de éste, así como por la de otros científicos de la época, como Robert Boyle o Chrystian Huygens. Suobra “Essay Concerning Human Understanding” (1690) está considerada por muchos autores una suerte de traslación al campo del pensamiento político y moral de los Principia de la física newtoniana: igual que el uso de la razón permitía un conocimiento sin límites del mundo físico, había de permitir también el discernimiento de la mejor forma de estructura social y política. Locke proponía que el orden político y la organización del gobierno tenían que basarse en el uso libre de la razón por cada individuo, alejándose de concepciones basadas en la autoridad histórica o en convicciones religiosas, convicciones que debían quedar confinadas a la esfera individual de cada persona.

De la misma forma que con los Principios desaparecía el miedo al vacío, con el Ensayo empezaría a desaparecer el miedo al orden político basado en la tradición.


Yo, Funcionario: ni Frankenstein, ni Demonio de Laplace

Con el triunfo de la mecánica newtoniana en la concepción del mundo físico y del modelo liberal en la organización política, parecía que se había llegado a un estado de plenitud, con cierto aroma de “fin de la historia”. Hoy sabemos lo ingenuas que eran aquellas previsiones: la revolución industrial, el imperialismo, el socialismo, la teoría de la relatividad o las TIC estaban aún por llegar.

Y Uno de esos cambios importantes que estaba por llegar era, precisamente, el de la aparición de una Administración pública profesional.

Para el primer liberalismo, que apareció en Inglaterra y que se extendería por toda Europa tras la revolución francesa, la organización burocrático-administrativa entonces existente debía regirse por una subordinación mecánica y absoluta al poder político, del que era un mero instrumento (visión que, por cierto, también adoptarían posteriormente los países del socialismo real marxista). Habría que esperar hasta finales del siglo XIX para que se empezara a matizar, diferenciando, dentro del poder ejecutivo, entre “poder político” y “Administración pública”. Sólo con el afianzamiento del “Estado de Derecho”[14] y con el desarrollo del derecho administrativo, se abriría paso una visión más avanzada, en la que, manteniéndose su subordinación al poder político, se considera que la Administración –y los empleados públicos- tenían una vinculación preferente con el principio de legalidad, con los intereses generales y con los principios de eficacia y neutralidad política.

Hasta esa aparición y consolidación del Estado de Derecho, la Administración y los empleados públicos eran considerados como instrumentos mecánicos del partido o grupo político que ocupaba el poder en cada momento. En esa concepción, la identidad de los empleados públicos podría identificarse con dos personajes propios de la interpretación newtoniana del mundo: uno más optimista y vanidoso (que sería el representado por el “Demonio de Laplace”), y otro más pesimista y fatalista (que podría encarnarse en la criatura diseñada por el Dr. Víctor Frankestein). Vamos, pues, a hacernos lakoffnianos[15] por unos párrafos y a explorar a continuación esas dos referencias metafóricas que nos permiten asignar una imagen a los servidores públicos de la época.

El físico y matemático francés Pierre Simon Laplace (1749-1827) fue uno de los principales difusores de la mecánica newtoniana. Estaba convencido de que todos, absolutamente todos los fenómenos de la naturaleza, incluido el comportamiento humano, obedecían las leyes del movimiento de Newton y, por tanto, que todo podía explicarse y predecirse a partir de ellas. Representó el triunfo del determinismo y de la capacidad de predicción.

Para divulgar esta concepción, Laplace propuso la figura de un demonio, capaz de conocer la posición y velocidad de todas las partículas del universo en un momento dado, y capaz también de resolver las ecuaciones de Newton para cada una de ellas en cada instante y posición. Con esas capacidades, el Demonio de Laplace podía conocer  cómo sería el futuro de cualquier objeto, persona o grupo social. Un empleado público especializado, dotado con esas endemoniadas capacidades sería capaz de ofrecer al grupo en el poder una previsión infalible de los efectos y resultados de cada una de sus políticas y actuaciones.

Sin embargo, un determinismo tan absoluto como el que representaba el Demonio de Laplace ya hace tiempo que ha sido descartado por la evolución de los conocimientos físico-matemáticos. La aparición de la mecánica cuántica, con su principio de incertidumbre, la identificación de los sistemas caóticos y los desarrollos matemáticos de probabilidad y estadística, devolvieron al averno a ese pretencioso Demonio, y con él, también, se condenó a cualquier pretensión de convertir a la Administración pública y sus empleados en un reloj de precisión cósmica.

Pero…, tal vez no sea así. El demonio del determinismo no se resigna tan fácilmente. Periódicamente resurge de los abismos y vuelve a ocupar el escenario. Su última aparición, su último nombre, seguramente ha sido ya pronunciado por todos: ahora, se nos presenta como Big Data”.

Se designa como “Big Data” a los sistemas y procesos de las tecnologías de la información capaces de captar y procesar cantidades masivas de datos (“meta-data”), lo que les permite tener una profunda capacidad predictiva. El empleo de sistemas Big Data ha permitido grandes logros en disciplinas que precisan procesar una cantidad ingente de información, tales como la meteorología, la epidemiología, la genómica, o el estudio de la dinámica de ecosistemas, y también está resultando de gran utilidad en el diseño de políticas públicas complejas, como las relativas a la economía, los recursos energéticos, la salud pública o la prevención del crimen[16].

No obstante, la euforia inicial que ha despertado esta reaparición del viejo Diablo, vestido ahora de Big Data, ha empezado ya a encontrar críticas y limitaciones. En cualquier caso, parece necesario que los empleados públicos conozcamos bien el nuevo rostro del Diablo, no tanto para hacer un acto de fe sobre su infalibilidad, sino para poder obtener el máximo provecho de la utilización de sus renovados poderes.

El otro personaje propio de esta época del liberalismo temprano que creo puede ayudarnos a atribuir una imagen a los servidores públicos de la época y que podría contraponerse al Diablo de La Place, sería la criatura descrita en la obra de la escritora inglesa Mary Shelley, “Frankenstein o el moderno Prometeo” (1818). Esta obra exploraba los límites de la audacia del conocimiento y la capacidad técnica, con un Doctor Víctor Frankenstein que se atrevía a emular a los propios dioses y a crear un ser dotado de vida propia.

Esta obra, considerada por muchos como la primera novela de ciencia ficción, fue también pionera en poner el foco sobre cuestiones de bioética y de moral científica que son de plena actualidad. En lo que aquí nos interesa, en la tormentosa relación entre la criatura sin nombre y su creador, el excéntrico Dr. Frankenstein, podría verse reflejado el recelo del poder político de la época hacia unos empleados públicos que, consideraba, le debían, casi, la vida y la existencia, pero que, en cualquier momento, podían estar tentados en pensar que tenían su propia identidad y osar a emanciparse de sus señores naturales.

Desde una perspectiva más actual, si buscásemos una metáfora basada en esa relación del creador con su criatura, la encontraríamos, probablemente, en el ámbito de la inteligencia artificial. Así, más que en la atribulada criatura engendrada por Víctor Frankenstein, pensaríamos en el paralelismo entre función pública y robótica. Sería el “Yo, Funcionario” como espejo del “Yo, Robot” de Isaac Asimov.

La colección de relatos “Yo, Robot” que Asimov publicó en 1950, planteaba las posibilidades y riesgos de la relación entre hombres y robots (las máquinas inteligentes construidas por los humanos para su servicio). Esas relaciones, con toda su riqueza de facetas, quedaban siempre acotadas en los relatos de Asimov por unos límites infranqueables, que denominó “las tres leyes fundamentales de la robótica”[17].

Podríamos preguntarnos, por tanto, si existen para la función pública unas leyes comparables a las leyes de la robótica, que marquen unas líneas rojas en las relaciones entre el poder político y los servidores de la Administración pública. Creo que la respuesta sólo puede ser positiva y que podríamos equiparar el “Estatuto de la Función Pública” con las “Leyes de la Robótica”. Pero, a diferencia de éstas, en las normas que constituyen el Estatuto de la Función Pública no sólo hay obligaciones para el funcionario, hay también derechos y medidas de salvaguarda de su actividad.

La consolidación de un Estatuto que garantice la independencia y profesionalidad de los empleados públicos ha sido una cuestión de la mayor importancia en la configuración de las sociedades contemporáneas, a medida que crecía el tamaño de la Administración pública. Y ello ha tenido una relevancia aún mayor en España y en su modernización a partir de un Estado decimonónico caracterizado por la generalización del caciquismo y de las redes clientelares como vía habitual para la asignación de los cargos públicos. Una España en que los turnos en el poder se traducían en que cada partido o grupo político situaba en los puestos de la Administración pública a personas adictas y obedientes, con independencia de cualquier idoneidad o preparación para el cargo, dando lugar a fenómenos tan penosos como el de las “cesantías” (imprescindible recordar aquí como esa realidad quedó plasmada en la trágica historia de Ramón Villaamil, en la novela Miau de Pérez Galdós, publicada en 1888).  

 
Tiempos modernos: disolución y rediseño del concepto físico del vacío y de la concepción de la Administración pública
 

El Siglo XX se abriría con varios trabajos de Albert Einstein que supondrían el inicio del cambio hacia un nuevo paradigma físico. Así, en 1905, mientras trabajaba como funcionario (“empleado permanente”) en la Oficina de Patentes de Berna, publicó un estudio sobre la Teoría de la Relatividad Especial[18], así como una nueva interpretación de la naturaleza de luz[19]. Por cierto, y por si a alguien le puede servir de consuelo, puede recordarse aquí que el primer director de la Oficina de Patentes de Berna con el que trabajó Einstein (un cargo político), le regañaba continuamente por supuestas deficiencias en sus informes sobre los modelos y prototipos que solicitaban patentes.

Paralelamente, en la década de los años 20, Niels Bohr junto a los integrantes de lo que ha dado en llamarse la Escuela de Copenhague[20] fueron desarrollando los principios centrales de la mecánica cuántica, en los que se describe el comportamiento de partículas sub-atómicas (los electrones) como si fueran ondas, y en la que se establece el “principio de incertidumbre”, o imposibilidad de determinar simultáneamente el momento (velocidad) y la posición de estas partículas.

¿Y a dónde llevaba todo esto? Pues llevó a la revisión de conceptos  centrales de nuestra percepción del mundo, como son el tiempo y el espacio, y llevó también al destierro del determinismo newtoniano. Más aún, con el asentamiento de la relatividad y la mecánica cuántica se irían disolviendo muchas de las dualidades que habían marcado el paso del pensamiento científico desde su primera formulación por los filósofos de la naturaleza de la Grecia clásica. Así, desaparecía la alternativa entre continuidad (ondas) y discontinuidad (partículas) para establecerse su complementariedad, e igualmente se iría desvaneciendo también la clásica disyuntiva sobre la existencia o inexistencia del vacío[21].

Estos cambios en la concepción física del mundo incidieron rápidamente sobre otras disciplinas. En primer lugar, sobre otras disciplinas científicas y particularmente sobre la biología[22]. Posteriormente, y tal como había ocurrido siglos atrás con la mecánica newtoniana, el nuevo paradigma físico se proyectó sobre la literatura, las artes plásticas y las ciencias sociales, alcanzando también a las teorías del derecho y a la concepción de la Administración Pública.

Sobre estas influencias, baste con recordar aquí el paralelismo que suele establecerse entre la teoría de la relatividad general de Einstein y la teoría general del derecho de Kelsen. Igualmente, puede recordarse el profundo rechazo que se produjo en el marxismo dogmático hacia la mecánica cuántica, al recelar del concepto de incertidumbre que introducía. Así, la mecánica cuántica fue expresamente condenada por el Partido Comunista de Francia y por otros partidos integrantes de la Tercera Internacional, que la declararon “teoría peligrosa y contraria a la lucha del proletariado”. En esta línea, Stalin, que también confundía materialismo con determinismo, consideraba muy peligrosos a los pioneros rusos de la mecánica cuántica, aunque parece ser que aconsejó a Beria que no los alojase en Siberia hasta que no estuviera finalizado el programa soviético de armamento nuclear.

Si consideramos ahora lo relativo a la evolución de las concepciones sobre la Administración pública durante el Siglo XX, tendremos que atender a dos aspectos distintos: en la medida en que la Administración pública es “administración”, se ha ido nutriendo de las “ciencias de la administración”, que se han desarrollado desde principios del siglo pasado a partir de estudios sobre la economía, la organización y la productividad en las empresas privadas. Y, por otra parte, en la medida en que es “pública”, se ha ido adaptando a las cambiantes concepciones políticas sobre lo que debe ser la intervención de los poderes públicos en la sociedad.

Pues bien, los primeros estudios de ciencias de la administración, lo que dio en llamarse “administración científica”, eran tributarios del determinismo y mecanicismo newtoniano, aplicados al estudio de la organización de las empresas de la sociedad industrial. Así, los trabajos de Taylor[23] o de Fayol[24] son estudios sobre la mecánica de las organizaciones, con medición de sus procesos y de sus tiempos de ejecución. Su metáfora sería la cadena de montaje, y su crítica, que sería la crítica y parodia de la triunfante sociedad industrial, la podríamos encontrar en películas como “Tiempos Modernos” de Charles Chaplin.

Al ir avanzando el siglo XX, los cambios en la física y en la biología llegarían a proyectarse, a partir de los años 60, en los estudios sobre organización y administración, de la mano de la cibernética y de la teoría de sistemas. La organización de las empresas y de las entidades públicas, como sistemas complejos que son, dotadas de un alto grado de auto-regulación y de interacción con el entorno, se prestaban muy bien a este tipo de análisis, más abiertos y multidisciplinares.

Por otra parte, la teoría de las relaciones humanas, iniciada en Estados Unidos con el “Experimento Hawtone” y con los demás trabajos realizados por Elton Mayo[25], fue adquiriendo también una progresiva importancia en los estudios sobre organización y funcionamiento de empresas y entidades públicas. El centro de atención ya no era el diseño del proceso y la medición de la productividad, sino las relaciones humanas y sociales. La teoría de las relaciones humanas fue un movimiento de reacción y de oposición a la deshumanización propia de la teoría clásica de la administración, dando entrada a la psicología y la sociología modernas. Muchos han visto también en el desarrollo de estos enfoques un reflejo del avance en las sociedades desarrolladas de las ideas y concepciones políticas propias de la socialdemocracia, más alejadas del liberalismo clásico.

Esto nos lleva a considerar el otro aspecto que hay que tener en cuenta cuando hablamos de Administración pública, y es el de que por su carácter de “pública” va a depender de las orientaciones políticas imperantes, ya que son esas orientaciones las que van a determinar su alcance y sus formas de actuación.

Así, de una forma evidentemente esquemática, podríamos hablar del carácter pendulante, a lo largo del siglo XX, de las concepciones políticas sobre la intervención de la Administración pública en la sociedad. La primera mitad del siglo, tras la revolución soviética y las dos Guerras Mundiales, estaría marcada, en los países del “primer mundo”, por la creciente extensión de la seguridad social y los servicios públicos (el denominado “estado del bienestar”), así como por una decidida intervención pública en la economía, con una perspectiva keynesiana de generación de empleo y de rentas. Este peso de la intervención pública se vio acompañado de una generalización del régimen de derecho administrativo, como régimen regulador de las potestades y obligaciones de la actuación pública.

Sin embargo, a partir de la desaparición del bloque soviético y de una progresiva deriva de las “Instituciones de Bretton Woods” (FMI, Banco Mundial, OMC) hacia posiciones contrarias al intervencionismo público, resurgiría el liberalismo económico, evidenciado políticamente con los triunfos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en el Reino Unido y Estados Unidos, con un resurgimiento de teorías que, nuevamente, proclamaban el “final de la historia”[26].

Con un panorama tan rápidamente cambiante, las políticas de “reforma” y “modernización” de la Administración pública, que se vienen planteando en España desde, al menos, los tiempos de López Rodó y cuya última manifestación podríamos encontrar en la CORA[27], han ido haciendo referencia a cuestiones distintas, y a veces distantes: desde la necesidad de incorporar a la gestión pública elementos de participación ciudadana, hasta la necesidad de incorporar las TIC (Tecnologías de la Información y las Comunicaciones), pasando por la necesidad de incorporar las técnicas gerenciales o de management.

Pero, con tanta reforma y tanta modernización, con tantas idas y venidas, a la Administración pública le puede terminar ocurriendo lo que le ha pasado al vacío, que en una de éstas, casi sin darnos cuenta, deje de existir. O que deje de existir, al menos, tal como se ha venido entendiendo en el Estado Social y de Derecho.

Así, para algunos, cualquier gestión privada de un servicio es por definición más eficiente que una gestión pública y además hay quien considera que la Administración pública debe adoptar formas de gestión gerenciales como garantía del mejor uso de los recursos a su disposición. Una de las manifestaciones de estos enfoques, ha sido la denominada “huida del derecho administrativo”, como reacción ante la supuesta rigidez y burocratización que el derecho administrativo impondría en actividades tales como la contratación de obras públicas, el otorgamiento de concesiones de servicios, la aprobación de planes de ordenación urbana, o los concursos de selección de personal, por citar sólo algunos ejemplos sugerentes.

Sin embargo, otros consideran que esa “huida”, ese cortocicuito de cautelas y controles en aras de la eficiencia, ha resultado ser en demasiados casos una carrera precipitada hacia la arbitrariedad, el nepotismo y, en último extremo, la corrupción, especialmente en países como el nuestro, en que el Estado de Derecho y el derecho administrativo habían llegado tarde y las prácticas clientelares permanecían en un subconsciente colectivo demasiado cercano.

¿Pero, cuál es la mayor amenaza para la Administración pública y sus funcionarios: el vacío, la corrupción o la falta de respuesta inteligente?
 

Creo que atribuir a la “huida del derecho administrativo” la principal responsabilidad en la aparición y extensión de episodios de corrupción en las Administraciones públicas españolas en los últimos años resulta demasiado simple. Otros factores han coincidido.

Así, tendríamos que hablar de la desmovilización social que se produjo al acabar la transición, del ascenso de algunos arribistas que entraron en los partidos políticos como quien entra en una oficina de colocación o en un sindicato de intereses, de un acceso aparentemente ilimitado a fuentes de financiación exteriores tras la entrada en la UE y tras la instauración del euro, y de un discurso económico y político anestesiado ante la especulación inmobiliaria y los ingresos que con la misma se generaban. Todos esos factores se fueron combinando a lo largo y ancho de la piel de toro, dando lugar a casos escandalosos de corrupción de alto voltaje, así como a la aparición de una difusa “zona gris” de superposiciones entre intereses privados y Administraciones públicas, tejida de complicidades y ocultamientos.

Cuando pienso en cómo se ha diseminado la corrupción entre las distintas Administraciones en los últimos años, siempre recuerdo lo aprendido en mis años de trabajo como investigador en inmunología. El desencadenamiento de epidemias de enfermedades infecciosas, o el progreso de la transformación neoplásica de una célula aislada hasta llegar a convertirse en un cáncer metastásico, va a depender de dos factores: la agresividad del agente patógeno y el estado del terreno (del huésped) sobre el que aquél ha de desarrollarse. Lo que va a resultar determinante es la interacción entre el medio y el agresor (ya se trate de un agente agresor externo, o de una célula propia que “se transforma”). En un medio selectivamente bien preparado, que acumule una sólida memoria inmunitaria y que haya desarrollado mecanismos de vigilancia y de respuesta, resultará prácticamente imposible la expansión de la infección o la neoplasia.

Podríamos decir que se trata de dos “inteligencias” en lucha: la inteligencia del patógeno, frente a la inteligencia del organismo atacado. Sometidos ambos a la selección natural, su superioridad relativa, la mayor inteligencia de sus estrategias, determinará su eliminación o su pervivencia.

Así, por ejemplo, al igual que ocurre con la corrupción, una de las estrategias de los agentes patógenos que resulta más difícil de vencer para los organismos infectados es cuando el patógeno se inserta de forma permanente en las propias estructuras biológicas del organismo, ya se trate de inserción en su ADN, en el núcleo o en el citoplasma de sus células[28]. El patógeno insertado permanece allí, inerte largo tiempo, hasta que las circunstancias externas le resultan más favorables y desencadenan su propia reproducción y expansión, a costa del organismo que le ha acogido y al que le puede resultar más difícil reconocerlo como un elemento extraño y generar una respuesta inmune contra el mismo.

Aplicando el símil, y pensando en la respuesta de la Administración pública ante la corrupción, creo que es en el fortalecimiento del terreno donde más útiles podemos resultar los funcionarios públicos, contribuyendo a generar “la memoria” y “la inteligencia” suficientes para que el organismo de la Administración produzca una respuesta rápida y precisa ante cualquier nuevo contagio futuro.

Hay que plantearse, por tanto, cómo se puede fortalecer esa memoria y esa capacidad de respuesta. Está claro que habrá elementos que están fuera de nuestro alcance como colectivo, ya que tienen que ver con los valores culturales dominantes en nuestra sociedad; pero hay instrumentos que sí están ahí, a nuestro alcance y esperando nuestra aportación. Voy a referirme a continuación al que considero que puede ser el más determinante.  

There is Plenty of Room at the Bottom… for an Open Government

Con el nuevo paradigma físico (relatividad y mecánica cuántica) bien asentado a mediados del pasado siglo, surgieron dudas acerca de  su utilidad práctica, de su potencialidad para la generación de actividad económica.

Pronto, sin embargo, algunos de los que habían trabajado en la formulación de las nuevas teorías supieron ver también en ellas oportunidades de desarrollo tecnológico y económico. Quizás la más visionaria de todas las aportaciones fue la realizada por Richard Feynman, uno de los grandes teóricos de la mecánica cuántica[29]. Suele citarse como el punto de arranque de una nueva etapa en el desarrollo tecnológico, la etapa de la nanotecnología a una conferencia impartida por el Feynman el 29 de diciembre de 1959 en la reunión de la Sociedad Americana de Física, conferencia que tituló “There's Plenty of Room at the Bottom”,

La nanotecnología es una tecnología que se basa en la manipulación individualizada de átomos y moléculas, rompiendo así los límites de la química sintética tradicional[30], lo que ha supuesto abrir toda una nueva dimensión de trabajo y de aplicaciones prácticas, que está permitiendo nuevos desarrollos en ámbitos tan distintos como la medicina, la biología, la informática, el diseño de nuevos materiales, o el desarrollo de nuevos sistemas de ahorro energético.

Llegados a este punto, podemos preguntarnos por cuál puede ser la “nanotecnología” para nuestra cuestionada Administración pública. Cuál puede ser la nueva dimensión de trabajo que tendría que incorporar la Administración para dar respuesta a las demandas sociales y para, además, impedir, o hacer muy difícil, la reproducción futura de nuevos casos o epidemias de corrupción. Creo que hay un amplio consenso al respecto: la “nanotecnología” que permitirá la renovación de las Administraciones está en el “Gobierno abierto” (el open Government de la terminología internacional; o, si se quiere, y dicho de una forma más directa, en el “Gobierno transparente”).

Sólo unas palabras sobre el Gobierno abierto. La iniciativa del open Government, que fue la primera propuesta que lanzó el Presidente Obama el mismo día de su llegada a la Casa Blanca, se basa en la filosofía de que la Administración pública debe ser transparente, y no sólo respecto a cada uno de sus ingresos y gastos, sino también en todos los procesos de formación de políticas públicas y de toma de decisiones.

Abierto a las iniciativas ciudadanas y a la participación social, el open-Government (“oGov”) está estrechamente asociado a la “e-democracia”; es decir, al uso intensivo de las comunicaciones electrónicas y de las redes sociales. El oGovno busca trascender a los partidos políticos, sino complementar su acción, ampliando, mediante las posibilidades que ofrecen las TIC, la base de participación ciudadana en la toma de decisiones públicas, y multiplicando los foros en que los poderes públicos deberán rendir cuentas.

El Gobierno abierto que impulsaba el Presidente Obama era un gobierno para una sociedad que quería participar, y que proyectaba sus deseos y necesidades sobre el poder político, en gran medida, a través de internet y de las redes sociales. Ello no responde sólo a la sociedad de los Estados Unidos. En situaciones sociales tan distintas como las que se han reflejado en las plazas de Tahrir en el Cairo, de Taksim en Estambul, o en la madrileña Puerta del Sol, podemos encontrar algunos denominadores comunes, como son la petición de un Gobierno abierto y de una Administración receptiva a las peticiones de los ciudadanos, así como el protagonismo de las redes sociales en la canalización de estas demandas.

Desde su lanzamiento estelar a principios de 2009 en Estados Unidos, los principios del Gobierno abierto se han universalizado. La Unión Europea y prácticamente todos los países avanzados han aprobado sus propias iniciativas, y han surgido movimientos y organizaciones internacionales para el fomento del oGov[31].

Dos son, básicamente, los instrumentos sobre los que se asienta el Gobierno abierto: una legislación que obligue a la transparencia de todas las Administraciones y de todos los receptores de fondos públicos, y unos medios telemáticos adecuados para la participación ciudadana y para la rendición de cuentas por los poderes públicos. En nuestro caso, por lo que se refiere a la legislación, si bien es cierto que muchas de las leyes troncales en el funcionamiento de la Administración General del Estado tienen una clara voluntad de publicidad y de participación en la gestión pública (Ley de Contratos del Sector Público, Ley General de Subvenciones, Ley de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común), lo cierto es que el que no se haya aprobado aún, cuando esto se está escribiendo, una Ley de Transparencia potente, sigue siendo una importante asignatura pendiente. Por lo que se refiere a la generalización de las TIC en la relación de la Administración con los ciudadanos, resulta, según distintas encuestas internacionales, que se han realizado avances notables, pero son avances que conviven con sectores con una muy baja penetración de estos medios. Probablemente sea esa desigualdad la que haga que ocupamos aún un lugar medio-bajo en los distintos rankings.

Pero junto a las dificultades en la transformación de la Administración del Estado en una “Administración abierta”, creo que debamos recoger otros avances importantes en este campo de los que enorgullecernos, como es el caso de “IREKIA”, el proyecto mediante el que el Gobierno Vasco ha introducido el oGov en su Administración, y que es reconocido internacionalmente como modélico[32].

Aunque la iniciativa para implantar el Gobierno abierto tiene que ser necesariamente política, la textura final que resulte de este proceso, la calidad real del mismo va a depender en gran medida de la actitud y la práctica de los directivos públicos. Así, el Gobierno abierto puede quedarse en un simple barniz al hilo de los tiempos, en un nuevo certificado en los expedientes de contratación o en un nuevo apartado de la Memoria de Impacto Normativo. Pero también puede ser la solución regeneradora que dé nuevos impulsos a la Administración pública y que le garantice que eludirá un triste destino de pérdida de identidad y de paulatina desaparición, como el que ha sufrido en los últimos tiempos la concepción del vacío.

 
Funcionarios para la Sociedad Civil

La consolidación de la función pública en España ha avanzado en paralelo a la consolidación de los principios y valores del derecho administrativo y de la profesionalización de la Administración pública, en los términos en que se recogen en el artículo 103 de la Constitución.

Ahora que estamos empezando una nueva etapa, de regeneracionismo social y de implantación del Gobierno abierto, tenemos que estar a la altura de nuestra trayectoria y seguir aportando valor como empleados y directivos públicos. Para ello, tendremos que considerar tres dimensiones distintas: la del presente, como agentes de innovación; la del futuro, realizando ejercicios de prospectiva; y la del pasado, mediante una revisión permanente de estructuras y procesos que se definieron tiempo atrás y que mantienen su inercia.

Innovación. Sí, innovación, una de las palabras mágicas de nuestro tiempo. La introducción del sentido moderno del término se atribuye al economista Joseph Schumpeter[33], en su análisis del modo de producción capitalista. Para Schumpeter, innovación era cualquier invención científico-técnica con potencial de mercado; es decir, con capacidad de incidir sobre algún proceso de producción industrial o de servicios.

Este concepto restringido inicial de innovación se vio rápidamente desbordado, y actualmente cuando se habla de innovación se está haciendo referencia al pensamiento creativo y a la capacidad de iniciativa. Se admite que el motor o la inquietud para innovar no tienen por qué ser científico-técnico, sino que puede tener otros orígenes, como la inquietud artística o la motivación por generar proyectos de solidaridad social. No hay, obviamente, una fórmula única para generar innovación, pero sí hay, aquí también, un terreno favorable a su germinación. Es el terreno del trabajo en equipo, de la transversalidad entre disciplinas, del aprendizaje de experiencias internacionales y del incentivo a las propuestas de nuevos modelos. Nadie como los funcionarios profesionales para roturar ese terreno y para actuar como promotores de la innovación en la Administración del Estado y en las restantes Administraciones públicas.

Los cuatro pilares clásicos del desarrollo de la ciencia: observar, cuantificar, predecir y contrastar, siguen hoy vigentes. Pero se ven modulados por la necesidad del trabajo en red y por la exigencia de que los resultados sean innovadores, es decir que resulten de aplicación a los problemas cotidianos.

Ni la ciencia ni la innovación se pueden abordar hoy desde “la soledad del laboratorio” o desde “la soledad del despacho”, necesitan de la interdisciplinariedad y de la interacción constante con otros profesionales, así como del constante acceso a una ingente cantidad de información digitalizada. En este sentido, parece necesaria una cierta “militancia” en la utilización de los instrumentos de intercambio de información y en la participación en las redes sociales dedicadas específicamente a la Administración pública.[34].

Prospectiva. Michel Godet[35] definió la prospectiva como “la reflexión para iluminar la acción presente con la luz de los futuros posibles”. A medida que se han ido asentando los nuevos conceptos de incertidumbre y de sistemas caóticos, la prospectiva ha ido desplazando a la predicción. La prospectiva, como exploración de alternativas de futuro, se basa en las respuestas posibles a la pregunta de qué sucedería si cambiase algún dato o condición actuales.

En el ámbito científico, ha habido trabajos de prospectiva muy importantes. Así, es clásico el trabajo de anticipación realizado hace ya más de un siglo por el matemático David Hilbert en su pregunta “sobre los problemas futuros de las matemáticas[36]. Igualmente, se han desarrollado estudios de prospectiva en sociología, y se ha utilizado ampliamente la prospectiva para el diseño de políticas públicas[37]. Sin embargo, no abundan los estudios de prospectiva sobre la posible evolución futura de nuestra Administración. Es cierto que en los últimos tiempos, fruto quizás de la crisis, ha resurgido en la Administración algún interés hacia su propia prospectiva, y que se han creado grupos de trabajo en esa línea en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y en el Instituto Nacional de Administración Pública (INAP)[38], pero estos grupos parecen tener un sesgo excesivamente académico, y habría que recordar que quien mejor puede contribuir a la prospectiva de futuro es quien tiene que trabajar, día a día, con los problemas del presente. Por tanto, creo que es capital la aportación que podemos y debemos realizar los empleados públicos en estos ejercicios de prospectiva “sobre los problemas futuros de la Administración” por utilizar la conocida frase de Hilbert.

Revisión de la normativa y los procedimientos actuales. Esta es una cuestión que, en mi opinión, acostumbra a descuidarse. Con cada cambio político, el nuevo Gobierno se plantea llevar a la práctica su programa político, y ello significa que le esperan cuatro años de frenética actividad para aprobar una nueva legislación y para poner en marcha nuevos programas de gasto o inversión. Sin embargo, poca atención y pocos medios suelen dedicarse a evaluar la adecuación y eficiencia de la normativa y los procedimientos existentes. Falta, tal vez, una aproximación a la Administración pública desde una perspectiva termodinámica.

Hay que tener presente que si los seres vivos han conseguido perpetuarse y mantener una complejidad creciente, frente al mandato imperativo de la termodinámica a todo sistema complejo de que tiene que perecer víctima del aumento de la entropía (desorden), ha sido por su capacidad de recuperar una parte sustancial de la energía que disipan, y de utilizarla en procesos de reparación y auto-mantenimiento. Las organizaciones sociales son diferentes, ciertamente, pero algo podrían aprender de las leyes de la termodinámica y ser conscientes de que la energía empleada en revisar la eficacia de sus procesos es la mejor garantía de su eficiencia y, con ello, de su supervivencia futura. Es lo que en alguna ocasión he denominado “la aplicación del Principio de Margalef a la Administración pública”.

Y hasta aquí llego. Hay que vencer cualquier horror vacui y articular una proyección de futuro ligada al desarrollo de un Gobierno abierto. Como Anaxágoras, no podemos dejarnos dominar por la complacencia o la comodidad, pues aunque sean tiempos difíciles y el amigo Pericles ya no esté al mando, no parece que nadie corra un riesgo real de ser desterrado a Lámpsaco (al menos en el sentido estrictamente geográfico).  No se trata de olvidar los principios del Estado de Derecho y del derecho administrativo. El desafío está en construir sobre ellos y ser capaces de proponer y levantar las nuevas plantas del edificio de la Administración pública transparente que desde la sociedad se reclama.-

 

 


[1] La región de Jonia, en el Egeo oriental, era la zona central de Asia Menor (franja costera superior de la península de Anatolia e islas adyacentes). Allí se asentaron varias ciudades-estado griegas, en las que se considera que surgió el primer pensamiento racional sistematizado de occidente. En particular, se ha considerado a Tales (640-540aC), de la ciudad jonia de Mileto, como el precursor tanto del pensamiento filosófico como del pensamiento científico, al preguntarse por la naturaleza de las cosas, y al basar sus respuestas en la observación y en la correlación de los fenómenos observados. Unas respuestas que, por tanto, podían ser contrastadas o rebatidas por nuevas observaciones y correlaciones.

[2] En una línea de pensamiento que nos podría recordar a lo que establece la primera ley de la termodinámica (ley de la conservación), Anaxágoras proponía que nada se creaba absolutamente, y que nada se destruía totalmente tampoco, sino que todo se transformaba, según la variable recombinación de unos elementos esenciales constituyentes (a los que denominó “spermata”). A partir de aquí, concluyó que no podía existir un espacio vacío carente de alguna forma de spermata

[3] Demócrito de Abdera (460-370aC), fue un pensador enciclopédico al que muchos consideran el auténtico antecesor de la ciencia moderna. Aunque su atomismo puede considerarse inspirado en las concepciones de Anaxágoras, fue más radical que éste, al considerar a la materia como autocreada y constituida por unidades elementales indivisibles (“átomos”) que se combinan de formas distintas, por lo que muchos le consideran también como el primer filósofo ateo y materialista. Más teórico que experimental, proponía que entre los átomos (lo que es) se extendía el vacío (lo que no es), y que era precisamente la existencia del vacío lo que permitía que los átomos se recombinaran y reorientaran.

[4] Aunque no hay constancia de que la expresión “la naturaleza aborrece al vacío” fuera efectivamente utilizada por Aristóteles, lo cierto es que en su “Física” (330-320aC) defendía esta tesis, señalando que si existiera algún vacío en la naturaleza, éste sería inmediatamente ocupado por la materia densa circundante, con lo que desaparecería.

[5] El “no vacío” solía definirse como “plenum”, por lo que la discusión era sobre la existencia de vacío o la existencia de plenum.

[6] El principio antrópico afirma que vemos y entendemos el mundo de una determinada forma porque somos seres humanos los que lo observamos y estudiamos. Este principio se ha divulgado con los trabajos de Stephen Hawking, pero estaba ya implícito en muchos naturalistas griegos.

[7] En este período, que muchos historiadores consideran una “edad de oro” de la ciencia, tuvieron un gran desarrollo disciplinas como la astronomía (Ptolomeo, Aristárco, Eratóstenes), la geometría (Euclides) o la hidráulica.

[8]En el prólogo de sus Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar dice que encontró esta frase en un manuscrito de Flaubert que consultó mientras preparaba el libro.

[9] Lucrecio (98-55 aC), en su gran obra De Rerum Natura, recopiló buena parte de la ciencia clásica anterior. En esta obra, Lucrecio se mostraba como un convencido atomista, y consideraba que el vacío existía y que era un constituyente propio de la materia y del mundo.

[10] Thomas Kuhn (1922-1996) ha sido uno de los grandes teóricos modernos de la filosofía de la ciencia. En 1962, publicó “La estructura de las revoluciones científicas”, obra en la que propone que la ciencia avanza a base de la construcción y revisión de sucesivos “paradigmas”, conjunto de axiomas que determinan un modelo general de interpretación de los objetos estudiados.

[11]El reconocimiento de la existencia del vacío fue uno de los aspectos del nuevo paradigma físico que más tiempo tardaron en aceptarse. Descartes se opuso frontalmente al mismo, pero los experimentos de Torricelli, Boyle y Pascal hicieron inevitable su aceptación. Blaise Pascal (1623-1662), en particular, mediante sus experimentos con el barómetro y sus mediciones de la presión atmosférica en el Puy de Dôme y en zonas de baja altura, terminaría desbaratando la resistencia de Descartes y de los defensores de la inexistencia del vacío. Así, Pascal preguntaba con ironía: “Si la naturaleza aborrece del vacío, ¿por qué lo aborrece más en París que en Chamonix?”.

[12] Con el desarrollo de la teoría atómica y del modelo clásico de estructura del átomo (modelo de  Bohr-Rutherford), se estableció que los electrones se mantenían en orbitales en torno a un núcleo, a unas distancias proporcionalmente enormes, como si se tratara de un sistema planetario. Y en esas enormes distancias distancias, sólo el vacío entre las distintas partículas. (La moderna teoría atómica construida sobre datos experimentales, se aproxima mucho al modelo que, especulativamente, habían propuesto los atomistas griegos).

[13] John Locke (1632-1704) fue un médico, jurista y pedagogo inglés que durante algún tiempo desarrolló unas funciones que hoy consideraríamos como propias de un “directivo público”. Propuso la primera división de poderes como forma de organización política, esquema en el que posteriormente se inspiraría Montesquieu.

[14] El sometimiento de la acción pública a la legalidad, con exigencia de responsabilidad por su actuación, es el rasgo característico del Estado de Derecho.

[15] George Lakoff (Berkeley, 1941) es un reconocido impulsor de la lingüística cognitiva y de la neurolingüística. En su obra ha destacado la importancia del pensamiento metafórico en el proceso del conocimiento y de la interpretación del mundo. Se dice que su obra “No pienses en un elefante” (2004)habría tenido gran incidencia en la articulación del discurso electoral del Partido Demócrata de Estados Unidos, y que también habría ejercido influencia en el entorno del ex Presidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero (León, 1960).

[16] La publicación, el 19 de febrero de 2009, en la revista Nature de un artículo sobre cómo detectar epidemias de gripe usando las búsquedas que se realizan en todo el mundo en el buscador Google, dejó estupefacta a la comunidad científica. Los resultados que se obtenían superaban ampliamente a las predicciones del Centro de Control y Prevención de Enfermedades Infecciosas de Atlanta (CDC), o a las de cualquier otro instituto de epidemiología del mundo (el artículo citado puede consultarse en la dirección web http://static.googleusercontent.com/external_content/untrusted_dlcp/research.google.com/es//archive/papers/detecting-influenza-epidemics.pdf). Los sorprendente era que los extraordinarios resultados obtenidos no surgían del seguimiento de ninguna relación de causalidad, ni siquiera del conocimiento de la biología viral, sino de las búsquedas realizas en los buscadores de información. A partir de este estudio, Google ofrece un servicio de predicción de la actividad y expansión de la gripe y del dengue, basados en el procesamiento de las consultas que se hacen en su buscador (http://www.google.org/flutrends/about/how.html)

[17]Las tres leyes fundamentales de la robótica que propuso Asimov eran: 1ª, un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por su inacción, permitir que un ser humano sufra daño; 2ª, un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la Primera Ley; 3ª, Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

[18] Einstein publicó primero, en 1905, un trabajo sobre la “relatividad especial” en la que describía el movimiento en el marco de un campo de espacio-tiempo plano. Posteriormente, en 1915, generalizaría el modelo, proponiendo la teoría de la “relatividad general”, en la que tiene en cuenta también los efectos de la gravedad (del campo gravitatorio), y propone que la propia geometría del espacio-tiempo se ve afectada (deformada) por la presencia de materia.

[19] En su artículo “Heurística de la generación y conservación de la luz”, dedicada al estudio del fenómeno fotoeléctrico, Einstein, sin negar la naturaleza ondulatoria de la luz, mantenida por la teoría electromagnética clásica, propuso que la luz se comportaba como una sucesión de “cuantos” discretos cargados de energía; es decir, proponía una estructura corpuscular para la luz (partículas corpusculares a las que se denominaría “fotones”).

[20] En conexión con el laboratorio de Bohr en Copenhague se irían desarrollando los trabajos de distintos físicos, como Heisenberg o Max Born, que dieron lugar a la interpretación más clásica de la mecánica cuántica, conocida como “Interpretación de Copenhague”, influenciada por las teorías del positivismo lógico entonces propugnada por el denominado “Círculo de Viena”. Frente a esta interpretación clásica fueron surgiendo otras interpretaciones y propuestas teóricas para explicar los resultados experimentales que soportan la mecánica cuántica.

[21]Las teorías que han buscado generalizar los principios de la mecánica cuántica (teoría cuántica de campos, electrodinámica cuántica) presentan un nuevo rostro del vacío: el vacío es en realidad un “vacío energizado”, que está dotado de cierta energía interna y alejado, por tanto, de la concepción de un espacio absolutamente vacío. El vacío, en su nueva y más moderna concepción, soportaría un estado de tensión permanente, fruto de la fluctuación de campos de pares de partículas-antipartículas. Esa fluctuación sería de media nula (razón por la que el vacío está vacío), pero, eventualmente, ciertas alteraciones de esos campos energéticos subyacentes romperían el equilibrio, dando lugar a la paradoja, experimentalmente constatada, de la ocasional emisión de partículas por el vacío.

[22] El físico Erwin Schrödinger (1887-1961), uno de los precursores de la mecánica cuántica (sí, el que propuso la imagen del gato que podía estar simultáneamente vivo o muerto, q que propuso la primera ecuación de la función de onda), publicó en 1940 “¿Qué es la vida?”, un librito que sería determinante en la definición del nuevo paradigma de la biología, en particular en lo referente a su balance termodinámico y a la estructura de las moléculas responsables de la transmisión de la herencia (función que, por entonces, aún no se había atribuido a los ácidos nucléicos)

[23] En la obra fundamental de Frederick Taylor (1856-1915), Principles of Scientific Management (1911), se proponen formas de organización dirigidas a optimizar la productividad, basadas en estudios de la relación entre mano de obra y máquinas herramientas en el sector industrial. Fundamentalmente, postula la división sistemática de tareas y la definición de procesos singulares, con cronometrado de cada actividad y con un sistema de motivación basado en primas a la productividad. Esta metodología, que habitualmente, se designa como “taylorismo”, sigue estando de gran actualidad, aunque se realice a través de otros medios más evolucionados tecnológicamente.

[24] Henri Fayol (1841-1925) presentó en Francia unas ideas similares a las del taylorismo americano. En su “Administración industrial y general”de 1916 y en su “Incapacidad industrial del Estado” de 1921, se manifiestan tanto el método científico clásico, basado en la observación y la generalización, como la influencia del liberalismo político, aplicados ambos a la organización de la producción en la sociedad surgida tras la revolución industrial

[25] Elton Mayo (1880-1949), coordinó en 1927 un trabajo sociológico en una fábrica de la Western Electric Company, situada en Chicago, en el barrio de Hawthorne (de aquí que se conozca como “Experimento Hawthone”), destinado, en principio, a determinar la relación entre la intensidad de la iluminación y le eficiencia de los obreros en la producción, y al que se fueron incorporado otras variables. Se constató que el nivel de producción no estaba determinado por la capacidad física de los trabajadores (como afirmaba la teoría clásica), sino por el entorno social, de reconocimiento y de expectativas que les rodeaban. Era su “capacidad social” la que determinaba su nivel de eficiencia, y no su capacidad de ejecutar correctamente movimientos eficientes en un tiempo previamente establecido. Cuanto más integrado socialmente estaba el trabajador en el grupo de trabajo, mayor era su disposición a producir, y mejores sus rendimientos.

 [26] Francis Fukuyama, un directivo del Departamento de Estado de Estados Unidos, propuso en un conocido artículo publicado en 1989 en el National Interest, que se había llegado al “final de la historia”, entendido como el triunfo definitivo, sobre cualquier otra opción, del liberalismo político y económico, identificado de hecho con el “american way of life. El artículo fue seguido por un libro posterior (The End of History and the Last Man, 1992). Sus propuestas se consideran también como una muestra del “pensamiento único” frente a planteamientos dialécticos.

 

[27] Acrónimo de la Comisión para la Reforma de la Administración Pública, promovida por el actual Gobierno. El trabajo de esta Comisión ha consistido en la elaboración de un diagnóstico de situación y en la proposición de un amplio abanico de medidas concretas, con el objeto de mejorar la eficiencia de las Administraciones. Un informe sobre su ejecución se presentó en el Consejo de Ministros del día 20 de septiembre.

[28] Retrovirus como el del VIH/SIDA se insertan en el ADN celular, rickettsias y micobacterias como las causantes de la tuberculosis o la lepra, sobreviven en el interior de las células humanas, y protozoos parásitos como el Plasmodium falciparum, causante de la malaria, son capaces de alternar etapas de vida intracelular con etapas de vida independiente.

[29] Richard Feynman (1918-1988) ha sido uno de los físicos modernos que mejor ha combinado sus contribuciones teóricas, como la formulación de la electrodinámica cuántica, con aplicaciones prácticas, en temas como la energía nuclear, la computación cuántica o la citada nanotecnología.

[30]Cuando se manipula la materia a una escala tan minúscula como la de átomos y moléculas, demuestra unas propiedades totalmente nuevas, lo que ha permitido emplear la nanotecnología para crear materiales, aparatos y sistemas poco costosos con propiedades únicas. A partir de los años 80, se ha desarrollado la “nanotecnología molecular”, mediante la construcción de “nanomáquinas” hechas de átomos y capaces de construir ellas mismas otros componentes moleculares.

[31] Pueden destacarse iniciativas como la del International Budgeting Partnership, organización supranacional independiente que presenta un informe anual sobre el grado de transparencia de los presupuestos públicos de las Administraciones de más de un centenar de países.

[32] Así, por ejemplo, el presidente de la Organización de Estados Americanos, José Miguel Insulza, ha considerado recientemente a IREKIA como un referente a seguir para “mejorar la transparencia y luchar contra la corrupción” en los países de aquel hemisferio.

[33] Joseph Schumpeter (1883-1950) fue un economista que destacó por sus investigaciones sobre los ciclos económicos. Subrayó la importancia crucial del empresario y de la innovación en el crecimiento económico y en el aumento de la prosperidad social.

[34], Puede citarse a la recientemente constituida “NovaGob” (www.novagob.org), plataforma dirigida al intercambio de experiencias y análisis entre profesionales de las distintas Administraciones públicas, tanto españolas como iberoamericanas. Surgida como una spin-off de la universidad Autónoma de Madrid, está directamente orientada hacia la innovación en el sector público. También ha de señalarse a los grupos que se han constituido en Linkedin (como el grupo de los Administradores Civiles del Estado y de otros Cuerpos de la Administración) y en otras redes de profesionales.

[35] Michel Godet (1948) es un economista francés que ha desarrollado especialmente la teoría sobre los métodos de prospectiva. Su “Manual de Prospectiva Estratégica" es una obra de referencia.

[36] Planteados en la conferencia impartida por David Hilbert (1862-1943) en el Segundo Congreso Internacional de Matemáticas celebrado en París en agosto de 1900, y posteriormente completados por él mismo en distintas conferencias y publicaciones. Su conferencia empezó con esta pregunta lanzada al aire: ¿Quién de nosotros no quisiera levantar el velo tras el cual yace escondido el futuro, y asomarse, aunque fuera por un instante, a los próximos avances de nuestra ciencia y a los secretos de su desarrollo ulterior en los siglos futuros?. En su disertación concretó 23 problemas sin resolver que deberían resolver las matemáticas de las próximas décadas.

[37] Una revisión reciente puede encontrarse en http://analisispublico.administracionpublica-uv.com/wp-content/uploads/2012/10/01.pdf

[38] Creo que debe citarse específicamente al grupo de trabajo “Administración Pública año 2032”, impulsado por el INAP, que “persigue abordar una reflexión teórica de alto nivel sobre el nuevo paradigma que debe presidir el pensamiento sobre el Estado y la Administración Pública del futuro, con especial atención a los fenómenos de riesgo sistémico que afectan a las organizaciones públicas, los nuevos modelos relacionales con la sociedad y la búsqueda de grandes consensos sociales.”

 
 
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